Antes de encargar una pieza conviene saber qué se considera parte del trabajo y qué queda fuera. Estas aclaraciones existen porque en un taller manual casi todo depende de la madera, la medida real del panel y el tipo de labor textil. Definirlas por escrito evita malentendidos y permite ajustar la propuesta con criterio.
Cada tabla de nogal, roble o cerezo tiene una veta distinta, y esa veta condiciona la talla. No se elige la madera por catálogo cerrado: se selecciona según el tono del bordado y la luz de la estancia. Por eso dos marcos con la misma medida pueden verse diferentes, y eso no es un defecto, es la consecuencia de trabajar con material real.
El corte con sierra de marquetería, el cepillado suave y el encerado con aceites naturales dejan pequeñas huellas: un nudo visible, una variación de tono entre dos listones, una leve ondulación en el borde tallado. No se corrigen hasta desaparecer. Se aceptan como parte de la pieza, porque eliminarlas implicaría un acabado industrial que no es lo que hacemos.
Un bordado tensado cambia de tamaño respecto al bastidor. La medida que usamos para cortar es la del panel ya montado y con el margen de tensión estabilizado, no la del diseño original. Si el panel todavía está en el bastidor o va a lavarse antes del montaje, conviene indicarlo al escribir, porque el corte se planifica en función de ese estado final.
El encerado no es una capa sellada e inmóvil. La cera de abejas y el aceite de linaza siguen asentándose durante las primeras semanas y la madera puede oscurecer ligeramente. Es un comportamiento normal y reversible: un paño suave y una capa fina de cera devuelven el tono. Lo contrario, un acabado que no cambia nunca, suele indicar barnices que apagan la veta.
Un marco para bordado no se resuelve de un día para otro. La madera necesita tiempo para asentarse, y cada corte depende de la medida real del panel, no de una plantilla genérica. Estas son las etapas que seguimos desde que llega una pieza hasta que sale montada, con lo que ocurre en cada una y lo que conviene tener claro antes de empezar.
Antes de tocar la sierra, revisamos el bordado o el panno: grosor de la tela, tensión del bastidor, colores dominantes. Con eso en la mano se elige la especie. El nogal funciona bien con bordados de tonos tierra y piezas heredadas; el roble aguanta mejor el cepillado suave y los acabados oscuros; el cerezo, de veta fina, encaja en series pequeñas y estancias luminosas. La madera se deja reposar unos días en el taller para que se estabilice antes del corte.
Trazamos el contorno siguiendo la veta y cortamos cada ángulo a la medida real del panel. No forzamos la madera para que encaje: si un lado pide dos milímetros más, se ajusta. Aquí aparecen las primeras marcas del proceso, pequeñas irregularidades que luego formarán parte del carácter de la pieza. El corte manual permite además seguir el dibujo natural de la fibra, algo que una máquina no respeta igual.
El cepillado va en el sentido de la fibra, alisando sin borrar la textura. Después llega la talla, con formón y gubia, siguiendo motivos geométricos u ondulados según lo que pida el conjunto. El encerado se hace en capas finas de cera de abejas y aceite de linaza, con secado entre cada una. Es la fase más lenta y la que define el tacto final: cálido, mate, agradable al acercar la mano.
El bordado se monta sobre un soporte rígido y se fija al marco sin tensar en exceso la tela. Comprobamos que el conjunto quede plano, que la veta dialogue con los hilos y que el peso sea razonable para el sistema de anclaje previsto. La pieza sale del taller envuelta y lista para colgar. A partir de ahí, un paño seco y algo de cera bastan para mantenerla durante años.
Los plazos son orientativos y varían según el tamaño del panel, la especie elegida y la carga de trabajo del taller en cada momento. Si tienes una fecha concreta en mente, conviene comentarlo al principio para ajustar el ritmo.