La madera manda
Elegimos tablas de nogal, roble o cerezo según el peso del panel y la luz de la estancia. Antes de cortar, leemos la veta y decidimos dónde va el nudo, porque una veta bien colocada ya es parte del acabado.
En el taller conviven manos que cortan, cepillan y montan. Cada una trabaja a su ritmo, pero todas comparten la misma idea de acabado: vetas a la vista, aristas suaves y un marco que deje respirar el bordado. Aquí reunimos una muestra de piezas y tareas que salen del banco común.
Nogal macizo, perfil de 3 cm, borde ondulado
Se traza la silueta sobre la tabla y se sigue la línea sin forzar la hoja. El corte lento evita astillas en las esquinas y deja el contorno listo para el lijado.
Roble cepillado a mano, cera de abejas y linaza
Pasadas finas en el sentido de la fibra y varias capas de cera con secado entre sesiones. La madera queda mate, cálida al tacto y con la veta legible.
Punto de cruz sobre lino, tensión controlada
La tela se fija sin estirar en exceso para que el hilo no se deforme con el tiempo. Se revisa el centrado antes de cerrar el bastidor trasero.
Cerezo claro, gubia de 6 mm
Los surcos se abren siguiendo la veta para que la luz marque el relieve. Es un trabajo de pocos milímetros que exige detenerse y comprobar el avance.
Bordado antiguo, marco a medida
Cuando el textil viene de familia, se toman medidas dos veces y se elige un perfil sobrio. El objetivo es acompañar la labor sin taparla.
En el taller no hay un solo banco. Hay varios, y cada uno tiene su ritmo. Unos eligen la tabla y trazan la medida; otros trabajan la talla con formón y gubia; otros dedican la tarde al cepillado suave y al encerado con aceite de linaza. Al final, alguien monta el panel bordado cuidando que la tela quede tensa pero no forzada. Son oficios distintos que comparten un mismo criterio: vetas visibles, aristas suaves y un acabado que no compita con el bordado.
Nogal, roble y cerezo
Quien abre la tabla lee la veta antes de marcar. Elige el sentido del corte, calcula el grosor del canto y decide si la pieza pide una talla geométrica o un perfil ondulado. Medir dos veces forma parte del oficio, sobre todo cuando el panel bordado tiene años y sus medidas ya no son exactas.
Formón, gubia y cera de abejas
La talla se trabaja siguiendo la fibra para no levantarla. Después llega el cepillado suave, que alisa sin borrar la textura natural, y el encerado en capas finas con tiempo de secado entre una y otra. Es la parte más lenta y la que da al marco su tono cálido y su acabado mate.
Tensión de la tela y anclaje
El montaje exige cuidado con el punto de cruz, el patchwork o las labores heredadas. Se ajusta la tensión para que la tela no se deforme, se protege el reverso y se comprueba que el marco cuelgue recto. Un roble macizo para una pieza grande pide anclajes más robustos que un cerezo para una miniatura.
Trabajamos con bordadoras, escuelas de labores y pequeños estudios de interiorismo que necesitan series de marcos con medidas repetidas. También con restauradoras que traen piezas antiguas y piden un soporte que respete el original. De cada colaboración sale un criterio nuevo: una proporción, un tono de cera, una forma de sujetar la tela que no habíamos probado antes.
La formación interna es continua y se transmite de unas manos a otras. Aprender a leer la madera, a detenerse cuando el aceite pide más tiempo o a reconocer cuándo una talla ya está terminada lleva años. Ese aprendizaje compartido es lo que mantiene coherente cada marco que sale del taller.
Oficios que se cruzan en un mismo banco: cortar, cepillar, encerar y montar.
Frame Gatha nació de una idea sencilla: un bordado merece un soporte que no lo tape ni lo apure. Trabajamos con maderas seleccionadas que se cortan a mano con sierra de marquetería, se cepillan en el sentido de la fibra y se enceran con aceites naturales. Nada de acabados brillantes ni de piezas que compitan con la labor textil. Buscamos vetas visibles, aristas suaves y un tono cálido que acompañe al punto de cruz, al patchwork o a una pieza heredada.
Trabajamos para quienes pasan horas con la aguja en la mano: bordadoras, artesanas, decoradoras y personas que cuidan el interior de su casa. Cada encargo empieza por entender qué se va a enmarcar, qué luz tendrá alrededor y qué medida pide la pared. Desde ahí elegimos la madera, el tipo de talla y el acabado. El equipo reúne manos con oficios distintos, pero con el mismo criterio: medir dos veces, detenerse cuando el aceite pide más tiempo y dejar que la madera hable por sí sola.